Cuando hablas con él es agradable, no parece para tanto. Pero enseguida me siento incómodo, no me gusta su mirada. Mis amos siempre hablan mal de los cuervos, pájaros negros hasta el pico, de horribles graznidos y portadores de malos augurios.
No lo conozco tanto, lo reconozco. He hablado con él algunas veces, cuando corriendo por estos prados acababa, sin pretenderlo, bajo el árbol que suele frecuentar. Le hablo de mis gustos, de lo buenos que son mis amos conmigo, de lo que me gusta correr tras una pelota y traerla una y otra vez. De mi amor a los humanos y mi odio a los gatos. Él escucha, intenta disimular su desdén, acaba confesando que no le gustan los humanos. Y que (¡horror!) aprecia los felinos, los considera más inteligentes que a nosotros, ¡y que a los propios humanos!
Qué barbaridad, este cuervo está loco. Los humanos son dioses, tienen poder sobre este mundo, son muy, muy inteligentes. No puedo estarles más agradecido, me dan comida, juegan conmigo, siempre tengo un sitio caliente para dormir. No me puedo imaginar una criatura más poderosa, más bondadosa, más inteligente. Los humanos saben lo que hacen, los adoro. Cuervo estúpido, pájaro deprimente de mal agüero.
Imagen: sobrecubierta de 'Hergest Ridge' de Mike Oldfield